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Bogotá

agosto 20, 2012

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(Del 26 al 30 de julio)

Nunca habíamos pensado que cruzar la frontera que separa Perú de Colombia iba a ser como una especie de regreso a casa. Chalecos salvavidas, cascos, comida para llevar en envases de poliestireno (no en bolsas de plástico) y un sentido de la orientación mucho más parecido al nuestro: en Perú y Bolivia, cuando preguntábamos por una dirección, las respuestas que nos daban eran siempre: “acacito nomás”, “a la vuelta” y cosas por el estilo; la primera vez que preguntamos en Colombia fue tan claro como: “camine dos cuadras a la izquierda y después una y media a la derecha”. Pero la impresión se desvanece cuando uno hace ademán de entrar en un bar, por ejemplo, y le dicen: “A la orden, su merced, siga, ¿qué le provoca?” y entonces va sintiendo sucesivamente que es militar, que se ha trasladado al siglo XVI, que no entiende nada y que le están haciendo una proposición indecente. Y al final lo único que se saca en claro es que los caminos de la lengua son inescrutables.

Con Leticia abandonamos el hemisferio sur, y tras dos horas de vuelo y unos paisajes inolvidables nos vimos sorprendidos por el frío de Bogotá (a 2625 metros de altura el clima tropical se desvanece un poco), que no impidió que volviéramos a sentir el calor del reencuentro cuando vimos a Julián, el colombiano que conocimos en nuestro primer trayecto en barco. Julián y su madre se reservaron una mañana para nosotros y nos enseñaron Bogotá como sólo la gente de la ciudad sabe hacer, además de contarnos el gran cambio que había dado desde la última vez que estuvieron en Colombia, hace unos cinco años. ¡Muchas gracias!

Con Julian y su madre en la plaza Bolívar / Place Bolivar avec Julián et sa mère

Con ellos paseamos por el centro de la ciudad, el lugar donde estaba el asentamiento indígena sobre el que se fundó la ciudad de Santa Fe de Bogotá, en el que se han conservado las construcciones coloniales, lo que da al barrio de la Candelaria un aspecto de pueblito; por la monumental y no muy lejana plaza de Bolívar, donde se codean la Catedral, el Congreso, el Palacio de Justicia y la Alcaldía. Más allá, la carrera séptima es el centro del comercio, y el lugar donde van los bogotanos a “dejarse ver” y a pasear.

Aunque es una gran metrópolis, Bogotá no es la jungla urbana de Buenos Aires ni el caos de La Paz, pero tampoco la ordenación rigurosa de Santiago; hay que decir que en el nombre de sus calles (carreras las que van de norte a sur, calles las que van de este a oeste, y siempre numeradas) se trasluce una necesidad de orden (después veríamos que todas las ciudades de Colombia siguen este patrón), pero luego reina un desorden que lo compensa.

Plaza del caño de Quevedo

Barrio de la Candelaria

Aprovechamos nuestra estancia en Bogotá para visitar algunos museos: el de Botero (que tiene obras suyas y de otros artistas de los siglos XIX y XX), el museo de arte del Banco de la República y el museo de arte colonial; además pudimos ver el espectáculo del cambio de guardia en el palacio presidencial, que se hace sólo dos veces por semana y acompaña a la ceremonia de arriado de la bandera: ¡toda una coreografía! A nuestro regreso, un día antes de coger el avión a Bangkok, nos unimos a la actividad más bogotana del domingo: subir al cerro del Monserrate, desde el que se tiene (después de dar y recibir unos cuantos codazos para acercarse a los miradores) una vista increíble de la ciudad.

Bogotá desde el Monserrate / Bogota depuis le Monserrate

Más fotos aquí

Bogota

(du 26 au 30 juillet)

Nous n’aurions jamais pensé que traverser la frontière entre Pérou et Colombie serait comme une espèce de retour à la maison. Gilets de sauvetage, casques, bouffe à emporter dans des emballages en polystyrène (et pas en sac plastique) et un sens de l’orientation qui ressemble plus au notre : au Pérou et en Bolivie, quand on demandait notre chemin, les réponses reçues étaient toujours : « tout juste ici, un peu plus loin », « juste là, derrière », et trucs dans le genre ; la première fois qu’on a demandé notre chemin en Colombie, ça a été aussi clair que : « deuxième à droite, et puis un bloc et demi , à droite ». Mais l’impression disparaît quand on donne l’impression de vouloir rentrer dans un bar et qu’on s’entend dire: « à vos ordres, monseigneur, passez. Qu’est-ce qui vous allèche ? » (libre expression du traducteur pour faire passer le concept), et alors on croit dans l’ordre que la personne est militaire, qu’on a été télétransporté au XVIe siècle, qu’on ne comprend rien, ou  qu’on nous fait une proposition indécente. Et finalement, la seule conclusion qu’on en tire, c’est que les chemins de la langue sont impénétrables.

On abandonne à la fois Léticia et l’hémisphère sud, et suite à deux heures de vol et des paysages inoubliables on se retrouve surpris par le froid de Bogota (à 2625 mètres d’altitude, le climat tropical disparaît un peu), ce qui n’empêche pas de sentir de nouveau la chaleur de la retrouvaille avec Julian, le Colombien que nous avons connu lors de notre premier trajet en bateau. Julian et sa mère ont réservé une matinée pour nous pour nous faire découvrir Bogota comme seuls les habitants d’une ville peuvent le faire, en plus de nous raconter le grand changement qu’il y avait depuis la dernière fois qu’ils étaient en Colombie, il y a cinq ans. Un grand merci !

Con Julian y su madre en la plaza Bolívar / Place Bolivar avec Julián et sa mère

Avec eux, nous nous sommes baladés dans la ville, à l’endroit où se trouvait le village indigène sur lequel s’est fondé la ville de Santa Fe de Bogota, où se sont conservées les constructions coloniales, qui donnent à la Candelaria un aspect de village ; et par la monumentale place Bolivar, où se côtoient la cathédrale, le congrès, le palais de justice et la mairie. Un peu plus loin, la 7e avenue (septima carrera) est la zone commerçante et le lieu où vont les Bogotanos « se faire voir » et de promener.

Bien que ce soit une grande métropole, Bogota n’est pas la jungle urbaine de Buenos Aires, ni le chaos de La Paz, mais pas non plus l’organisation rigoureuse de Santiago ; il faut dire que dans le nom des rues (« carreras » qui vont de nord à sud, « calles » d’est en ouest, et toujours numérotées) se ressent un besoin d’ordre (on verra par la suite que toutes les rues de Colombie suivent ce schéma), mais il y règne un désordre qui le compense.

Plaza del caño de Quevedo

Barrio de la Candelaria

Nous profitons de notre séjour à Bogota pour visiter quelques musées : celui de Botero (qui a des œuvres à lui et d’autres artistes du XIXe et XXe siècles), le musée d’art de la banque de la République et le musée d’art colonial ; En plus, nous avons pu assister au spectacle du changement de garde au palais présidentiel , qui ne se fait que deux fois par semaine et accompagne la cérémonie de baisse du drapeau : toute une chorégraphie ! A notre retour, un jour avant de prendre l’avion vers Bangkok, nous nous joignons à l’activité la plus bogotaine du dimanche : monter le Monserrate, du haut duquel on a une vue incroyable de la ville (après avoir joué des coudes pour s’approcher aux miradors).

Bogotá desde el Monserrate / Bogota depuis le Monserrate

Plus de photos par ici

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One Comment leave one →
  1. Irene permalink
    agosto 20, 2012 12:12 pm

    ains!! echo de menos un poquito de venezuela, pero bueno!! 😛 Yo iré dentro de poco y ya “les” comento!!

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