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Cuzco / Cuzco

julio 17, 2012

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Cuando salimos del Hogar teníamos una sensación rara, como si después de un mes de vida sedentaria nos fuera a costar recuperar de nuevo el ritmo del viaje. Pero no fue así: bastó un viaje en autobús por las montañas que separan Abancay de Cuzco y ya nos parecía que no habíamos parado de viajar, así que llegamos a Cuzco con unas ganas enormes de pasear por la ciudad.

Que no nos defraudó. Cuzco es una ciudad impresionante; restos incaicos quedan, en realidad, muy pocos, pero la cantidad de iglesias y monasterios puede dar una idea de la importancia de la ciudad en ese tiempo (pues los edificios religiosos se construyeron sobre los antiguos templos y palacios). Nos impresionó la Plaza de Armas, flanqueada por la Catedral (la primera de América) y la imponente Iglesia de la Compañía de Jesús, y nos encantó el barrio de San Blas, lleno de empinadas cuestas, edificios coloniales y cholitas que se pasean con sus trajes típicos y una llama bajo el brazo, proponiendo a los turistas hacerse una foto.

Tras la tranquilidad de Abancay, llegar a una ciudad bulliciosa y llena de turistas nos hizo sentir como a Paco Martínez Soria paseándose por la capital…

Pero no nos quedamos mucho tiempo en Cuzco, pues enseguida partimos de nuevo para ir a visitar el santuario de Machu Picchu. El precio del conocido inca trail,camino inca que llevaba a la ciudad y al que sólo se puede acceder con guía (¡¡unos 300 €!!), nos desilusionó en un principio, pero pronto descubrimos que si en la Antigüedad latina todos los caminos llevaban a Roma, en el imperio inca sucedía algo parecido con Machu Picchu, y nos preparamos para una caminata de tres días en la que, sin guía ni arriero, pasaríamos de las montañas a la selva para terminar al pie del santuario.

Fue difícil caminar tanto tiempo llevando encima todo lo que necesitábamos para el viaje; además, la primera noche pasamos frío y el segundo día nos cayó una buena lluvia, pero el hacerlo por nuestra cuenta nos permitió disfrutar de ciertos privilegios: caminar a nuestro ritmo (madrugando cada día más), hacer un pequeño tramo del camino en un camión que estaba arreglando la carretera, dormir en una casa particular y no en una zona de camping, pagar por los taxis que tomamos el último día el precio de un local (y viajar como un local: 5 adultos y 2 niños, más un adolescente en el maletero) y, sobre todo, la satisfacción, una vez que llegamos a nuestro destino, de haber sido capaces de llevar sobre nuestras espaldas aquello que necesitábamos.

En el último tramo del camino conocimos a Félix, con quien acampamos al pie del Machu Picchu y nos dimos un buen madrugón al día siguiente para estar al pie del monte a las 5 y poder entrar al santuario a la hora de apertura, las 6.

Tras una hora de subida iluminados por la frontal, teníamos antes nuestros ojos las ruinas despertándose entre las montañas, pero en lugar de empezar paseando entre las piedras, seguimos subiendo otros 500m a la montaña Machu Picchu, que dio su nombre al santuario, y domina el sitio y todo el valle. Esta ultima subida fue muy dura, sobre todo después de los tres días anteriores, y la primera parte (también 500m), pero valía la pena: las vistas son asombrosas, se admira todo el hermoso valle, ¡y lo teníamos casi para nosotros solos!…

Una vez de vuelta al santuario, casi nos daba pereza pasar por las ruinas, y caminamos despacito bajo el sol entre los templos 6 veces centenarios, el palacio real, los barrios residenciales, artesanales y las prisiones, antes de tomar el camino de vuelta.

Otra vez, los altos precios del tren (80$ a Cuzco, 40$ al primer sitio para poder tomar un bus), nos motivaron para caminar dos horas más por una ruta alternativa (al largo de la vía de tren) para volver en buses locales. Tuvimos que pasar la noche en un pueblo perdido porque nos quedamos sin sitio en el último bus, y otra vez madrugamos para tomar el bus a las 4h de la mañana.

De vuelta a Cuzco, éramos unos zombis,  lo único que queríamos era tumbarnos en el bus cama que nos iba a llevar a La Paz.

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CUZCO ET MACHU PICCHU

Quand nous sommes partis du Foyer on sentait qu’après un moi de vie sédentaire on allait avoir du mal à retrouver le rythme du voyage. Mais ce ne s’est point passé comme ça : il nous a suffi d’un voyage en  bus à travers les montagnes que séparent Abancay et Cuzco et on avait déjà l’impression de ne pas avoir arrêté de voyager. Quand on est arrivés à Cuzco, on mourrait d’envie de se promener par ses rues.

Contrairement à ce qui se passe normalement quand on attend quelque chose avec beaucoup d’envie, on n’a pas été déçus par Cuzco : c’est une ville magnifique. Il ne reste pas beaucoup de ruines des incas ; c’est par le nombre d’églises et de monastères (construits sur les anciens temples et palais) qu’on comprend l’importance de la ville pendant le Tawantisuyo (c’est le nom de l’empire inca dans son extension la plus grande, juste avant l’arrivée des Espagnols). La Plaza de Armas est tout simplement impressionnante, avec son énorme Cathédrale (qui a été la première des Amériques) et l’église, imposante, de la Compañía de Jesús. On a adoré le quartier de San Blas, avec ses rues en pente, ses bâtiments coloniaux et ses cholitas qui se promènent habillés de leurs vêtements typiques, un lama dans les bras, et proposent aux touristes de se prendre en photo avec.

Après le calme d’Abancay, dans cette ville bruyante et bourrée de touristes nous nous sommes sentis comme des paysans qui arrivent pour la première fois à la capitale…

On n’est pas restés très longtemps à Cuzco, nous sommes aussitôt repartis pour visiter le Machu Picchu. On voulait marcher pour arriver au sanctuaire, mais quand on a su le prix du renommé inca trail -le chemin inca qui menait au sanctuaire et qui n’est accessible qu’avec un guide (à peu près 300 € !!)-, on a cru qu’on devrait renoncer à cette idée… Heureusement, nous avons fini par découvrir que si dans l’Antiquité romaine tous les chemins menaient à Rome, il se passait quelque chose de similaire ici avec Machu Picchu. On s’est donc apprêtés pour un chemin de trois jours dans lequel, sans guide et sans porteurs, nous allions passer des montagnes à la jungle pour finir au pied du sanctuaire.

Cela n’a pas été facile de marcher aussi longtemps en portant tout ce dont nous avions besoin pour le voyage ; en plus, la première nuit (altitude oblige) nous avons eu froid et le deuxième jour on a eu un belle pluie… Mais marcher seuls nous a permis de profiter de certains privilèges : on a marché à notre rythme, on a fait un petit bout du chemin sur un camion qui faisait des travaux sur la route, on a campé chez des locaux (et pas dans les grandes aires de camping), le dernier jour on a payé le taxi au prix local (et on a voyagé au confort local : cinq adultes et deux enfants, plus un ado dans le coffre). Mais la plus grande satisfaction a été, une fois arrivés à destination, d’avoir été capables de porter sur nos dos cela dont on avait besoin.

Un peu plus de deux heures avant l’arrivée on a rencontré Félix, avec qui on a campé au pied du Machu Picchu et qui a partagé avec nous la joie de se lever très tôt pour arriver au sanctuaire à 6 heures, après une heure de montée.

Ça valait la peine, malgré la fatigue, de voir les ruines qui se levaient entre les montagnes. On a donc décidé de continuer de monter, encore 500 mètres, la montagne Machu Picchu, qui donne son nom au sanctuaire et qui domine et le site et la vallée. Cette montée a été vraiment dure, après 3 jours de marche et les premiers 500 m, mais les vues sont étonnantes, on a pu admirer la beauté de la vallée, et on a eu cela pratiquement pour nous seuls !

De retour au sanctuaire, on avait presque pas envie de se promener dans les ruines, on s’est tout simplement promené lentement parmi les temples 6 fois centenaires, le palais royal, les quartiers résidentiels et artisanaux et les prisons, avant de prendre le chemin de retour.

Les prix des trains (80$ pour Cuzco, 40$ pour le premier village où on pouvait prendre un bus – car Aguas Calientes, ou Machu Picchu « village », est une ville qui n’est pas accessible par la route) nous ont à nouveau motivés pour marcher encore deux heures par une route alternative (en réalité, à côté du chemin de fer) qui nous permettrait de faire le chemin de retour en bus. On a enchaîné avec succès plusieurs transports locaux, mais à la fin on a dû dormir dans un village paumé car sur le dernier bus il n’y avait plus de place. Ce n’était pas grave, si ce n’est parce que le lendemain on s’est levés encore plus tôt pour le bus de 4h du mat…

De retour à Cuzco, on était des zombies. On ne pouvait penser qu’à s’allonger dans le bus-lit qui allait nous mener à La Paz.

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6 comentarios leave one →
  1. julio 18, 2012 12:32 pm

    No he terminado de leer el post, pero tras leer “como Paco Martínez Soria” en la parte en español, he ido directo a la parte en francés para ver cómo habíais traducido éso. Tenía que decirlo.

    ¡Bien salvado, por cierto! ;D

  2. julio 18, 2012 12:42 pm

    Pedazo de excursión, pedazo de aventura. Vuestro viaje me flipa por historias como ésta.

    ¡Espero que estéis ya recuperados de la paliza! ¡Besos!

  3. Miriam permalink
    julio 19, 2012 1:42 pm

    Qué maravilla. Cuántas experiencias hermosas estáis viviendo. Seguid disfrutando.
    Un abrazo.

  4. Ana Balil permalink
    julio 19, 2012 9:43 pm

    Como nos gustan vuestras historias por el mundo, estamos deseando que nos sigáis contando vuestras peripecias por el mundo. Ana felicidades atrasadas por tu cumple y adelantadas por tu santo. Un besazo desde Moralzarzal

    • agosto 15, 2012 12:42 am

      Muchas gracias y felicidades también a las dos moralzarzalinas que cumplieron años hace poco… Muchos besos

  5. Victor Tarifa permalink
    julio 20, 2012 12:58 pm

    Me muero de ganas de conocer aquello!! Qué chulada!

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